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(*) Lo que sigue son unos extractos (extracto. 1. Resumen, compendio, sinopsis, V. ABREVIAR) de una novela, o ’anovela’, escrita por un servidor de ustedes, gente ‘quilométrica’
y venerable, acabada allá por el 2002. Son dos historias paralelas, una ficticia y otra real y pesimista. Por un lado,
la música blues y sus raíces y personajes más seductores. Por otro, la existencia casi vacía e insignificante
de un juntaletras amante del blues que deja como único testimonio una crónica escrita de sus últimas jornadas en este planeta
tan caprichosomente musical.
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En esta página web podrás ver y descargar un video musical de Bessie
de 15 minutos (1929, 79MB). Dale a la foto
de abajo...




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<<... Hubo en el blues excepciones que, indudablemente, contribuyeron a convertirlo
en una profesión más satánica, si cabe. Una de estas singularidades más perniciosas, nacida en Chattanooga, Tennesse, en 1894,
y subida al escenario para romper la trayectoria mayoritariamente masculina del blues, ni era macho ni falta que le hacía.
Se llamaba Bessie Smith, la Emperatriz
del blues, y la estrella más luminosa que este estilo de música nos ha regalado.
Huérfana a los ocho, en la calle a una temprana edad, Bessie grabaría su
primera canción a los treinta. Poco después, grabaría uno de sus numeros clasicos, Downhearted
Blues, o Blues del Corazón Destrozado, disco éste que llegaría a vender
más de ochocientas mil copias. A los dos dias, vamos, la Emperatriz podía ya permitirse el lujo, reservado exclusivamente
para unos pocos, de cobar dos mil dólares por concierto.
Así de bien iba el tema profesional para
Bessie, alocado y triunfal, casi lo opuesto al ritmo de vida propuesto por el blues, cuando arremetió con fuerza el plomazo
social aquél del 29 de Mayo Americano. A nuestra protagonista se le aparece un fantasma y le cuenta a susurros que lo que
iba ella a grabar seguidamente sería su último hit: Nobody
Knows You When You Are Down and Out, el epitafio musical de la señora Smith
y, parece ser, también, el de tantos americanos que se quitaron de en medio durante la estrepitosa caída de Wall Street.
Un par de años más tarde, los mismos jetas de la Columbia Records que le
habían limpiado a besazos la cara cuando ella triunfaba, se negaron a renovarle el contrato. Bessie, para salir adelante,
se puso a cantar en bares de ‘tercera’ regional; sobreviviendo, principalmente, de las propinas soltadas
con melancolía histórica por aquellos individuos que todavía sabían apreciar la música blues cantada con el corazón.
En septiembre de 1937, a los cuarenta y pocos, la Emperatriz Smith nos deja
para siempre tras un terrible accidente de coche. Cuentan los seres mas tristones del lugar que en los tres primeros
hospitales de Mississippi adonde fue trasladada la moribunda cantante no la quisieron atender porque era negra, y que
esto le costaría finalmente a la Bessie la vida. Menudos imbéciles, a la par con los de Columbia Records, vamos.
>>
11.
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| Robert Johnson |

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| Blind Willie Johnson |

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| Menphis Minnie |

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<<...Pues claro que el blues es humano. No faltaría mas. Es la vida
del músico callejero, como la interpreta, con lloriqueo o con guasa, para poder reírse de la misma o maldecir el día en el
que aquella tuvo a bien dejarle nacer. Es el caminar imperecedero y turbulento del músico que tropieza y se levanta por inercia
para que no se rían los demás, 'caray, que todavía no le han pagado a uno'. Es el curso errático de su existencia,
un par de horas de éxito a las 12 de la noche, mi ser entumecido, las penas y las injusticias que tanto tú como yo, tío, vamos
cultivando y cosechando sobre la faz del planeta Putón.
El blues no inventa nada. Lo da todo por hecho ya. Es el testimonio musical del
individuo herido letálmente. “Si por lo menos nos permitiesen abrir la boca!’, dicen que cuenta el verso
dolorido de una de esas cuadrillas de negros cualquiera del siglo... XXI. ’Mientras sigan cantando y no nos vengan
con quejas y demandas!’, dice la boca insaciable de Jim Crow, el dueño de la plantación ’invisible’,
hijo de Robertito E. Lee, sobrino de Jefferson Davis, y nieto del subnormal ése de Lo Que el Viento se Llevó, o nunca
supo cómo llevarse.
El blues es la narración a llantos del humano que nació muerto
pero que sigue viviendo, pobre o solitario, hambriento o melancólico, a latigazos o dormido sobre una pila de algodón que,
históricamente, nunca fue suya. ¡Qué narices, por lo menos la historia siempre se ha escrito con los latidos efusivos de ese
cántico espiritual y blusero que es la puta vida!...
Love, oh love, oh careless love,
Here is all that I can say
Just like a gypsy I’m roamin’ round
And just can’t keep the blues away... >>
15 (y 16).
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| LONNIE JOHNSON |

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<<La dos Guerra Mundiales acaban con la vida de los padres, las seis
hermanas y cinco de sus seis hermanos. Hablamos de Lonnie Johnson, un blusero cuyo estilo virtuoso y complejo sigue inspirando en los circuítos del blues y
del jazz.
Lonnie nació en Nueva Orleans a finales del XIX en el seno de una familia, ya
de por sí, obsesionada con la música. Tras una temporada tocando para las tropas americanas, Mr. Johnson regresa a su
ciudad natal. Desde allí, y con la guitarra a la espalda, parte hacia Texas, echa un vistazo, no le gusta aquello y sube a
St. Louis, donde toca en un barco de vapor puliédole notas a la guitarra, al violín, el contrabajo, la mandolina,
el bajo, el piano y, en resumen, todo instrumento que se dejase tocar y sonara a algo.
De una virtuosidad inimitable, otros músicos de blues como Brownie Mcghee,
por ejemplo, dijeron que su obra encuadraba perfectamente en el primer tomo de la biblia del bues. Robert Johnson admiraba
tanto a Lonnie qye iba soltando por ahí el camelo ése que los dos eran primos, y B. B. King dijo que si tuviera alguna
vez que imitar a otros guitarristas, él sólo compiaría a Lonnie Johnson, T·Bone Walker o Scrapper Walker.
El lustro 1932·1937 se le presenta al desgraciado Johnson sobrado
de ignonimia y, como a tantos otros músicos excelentes de blues, no le queda más remedio que trabajar en un ferrocarril y
en una fundición de hierro. Así estamos hasta que se le ofrece el estrado del Three Deuces de Chicago. A los tres años, un
incendio se lleva todo el club por delante, pero Lonnie no se desmoraliza y sigue actuando en los clubs de Chicago,
coincidiendo al mismo tiempo con gente de la talla de Roosevelt Sykes y del magnífico Sonny Boy Williamson.
Tras una gira por Inglaterra a principios de los cicuenta, Lonnie se queda a
vivir en Filadelfia, y allí graba siete discos con la Prestige·Bluesville. Pero, poco a poco, su nombre comienza a desaparecer
en los circuítos del blues, y no le queda más alternativa que emigrar a la tierra de la policía montada, país éste en
donde graba sus cinco últimos discos y toca por última vez, también, en concreto en el festival de Blues de Toronto.
Como buen ahijado que era de la música del diablo, su final no puede ser
más triste y cabrón. Un coche lo atropella y se da a la fuga. Poco después, Lonnie Johnson muere en un hospital canadiense
el 6 de junio de 1970. En la página 46 de su libro sobre los genios americanos de la guitarra, James Sallis, autor entre otros
libros del thriller The Long·Legged Fly, nos deja unos versos de Lonnie Johnson. Escuchemos:
People ravin´ ´bout hard times
I don´t know why the should
If some people was like me they didn´t
have no money when times was good.>>
26 (y 27).
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Un modelo ´T´ de Ford

En esta página
puedes escuchar
gratis cuatro de
sus canciones


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<<(6/6/01, domingo)
Hace ya la leche de tiempo, o eso parece, el noruego Kierkegaard nos contó que existe una
forma de angustia, similar a esa misma que corre por la calle de la armagura, que trae loco al insociable hombre cromañón.
Esta forma de tortura anímica y casi endémica, se le presenta al homínido de nuestros días cuando, por fin,
hace gala de huevos macroscópicos y admite que ha fracasado como ser humano, que no es lo que siempre quiso o soñó ser.
Mas el maestro Soren nos aconseja un antídoto: De ahora en adelante, sea usted
lo que siempre quiso ser. Así de sencillo. Sea usted mismo, y, lo más importante, séalo ignorando a toda costa los mandamientos
caprichosos y diarios de esa entrometida sociedad en la que vivimos, o, más bien, sufrimos. Sea usted lo que siempre soñó
ser, las 24 horas del día porcino occidental, y ya verá usted qué pronto se considerará un miembro más de ese colectivo tan
elitista de ejemplares orgánicos universalemente... dichosos.
Pues bien, para ser yo ´mismo´, me metí hace dos días en las oficinas del Departamento
de la Seguridad Social de Brighton, y, con carita de perrito deprimido, le insinué al impasible hombre de la ventanilla
que, si no me soltaban de mismito uno de esos cheques que le sueltan al personal desesperado, me iba a quitar la vida
o, para ser más justos con las directrices de mi existencia actual, el puto hambre me la iba a quitar a mí. El truco
funcionó, y, tras firmar un contratillo de nada con el fantasma de la ventanilla. me fue extendido en la palma húmeda
un cheque de 200 libras. Jodé, qué cara está mi persona.
Bueno, la historia es que salí de allí con media sonrisa en la boca (y si
no me dió por sonreír más fue por si me hacían devolver el ´donativo´) y agradeciendo a susurros el consejo al nórdico filósofo.
De todas formas, había que celebrarlo. Era el petardo ése mitológico yanqui del 4 de julio y, para festejarlo, me metí directito
en el Freebutt, uno de los pocos locales decentes que nos quedan en la ciudad. Aquella noche tocaba T-Model Ford, un
blusero americano, y contemporáneo de B. B. King, que nos canta sobre aquello de lo que tanto les ha tocado mamar a los
que han hecho del blues una lanza invisible que siempre llevan clavada en el alma: La pobreza, el hambre, la cárcel,
la explotación o esclavitud invisible, etc., etc.
El concierto acabó a las once de la noche. Me pagué un taxi con las últimas
libras que me sobraban de aquél crédito con el que habían tasado tan ´generosamente´ unas horas antes mi vida, y,
all legar a la puta oscura habitación, me tumbé en la cama, enchufé el tocadiscos -Captain Beefheart & His Magic Band:
Safe As Milk- y todo excitado, todo ´yo mismo´ todavía, me lanzé a escrbir un blues. Aquí mismisto se lo
dejo; bueno, por lo menos los últimos versos, que tampoco hay que creérselo tanto;
Pasa la tarde, y aquí sigo
Contemplando la sonrisa de mi mayor enemigo
Porque llevo tiempo dormido
Y ya no soy jóven... Soy un sombrero encanecido.>>
29.
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| ELIZABETH COTTEN |

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| ROOSEVELT SYKES |

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| BLIND BLAKE |

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| BLIND WILLIE McTELL |

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| REVEREND GARY DAVIS |

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| ODETTA |

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| BLIND LEMON JEFFERSON |

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| ´Chicago en Llamas´ |

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| John R. Chapin (1871) |
<<El primer tipo que se molestó en construirse una casa en la ciudad de
Chicago fue un individuo negro llamado Jean Baptiste
du Sable. Sobre este ser enigmático y educado que se había gandado anteriormente con su generosidad a los indios de
la zona, sólo se sabe que durante diez años se curró el oficio de la piel para pirarse 10 más tarde. Esto sucedía
a finales del siglo XVIII. Anteriormente, los franchutes, que habían controlado este punto del mapa yanqui durante
noventa años, hicieron nada o casi nada por esta tierra. Lo mismo se puede decir de los ingleses, que gobernaron allí
durante veinte años; y de los americanos, también, a quienes les fue cedida la zona tras la Guerra de la Independencia,
pero que sólo se molestaron con ella desde 1803 con la llegada del Secretario de Guerra de Jefferson, un tal Capitán
Whistler a quien se le ordenó que levantase un fuerte en el banco sur del río Chicago.
Por lo tanto, tenemos que alrededor de aquel río (los indios de la zona
lo llamaban ´Chicagou´ porque es su ribera
crecía una especie de cebolla salvaje con un nombre parecido), y a su amparo, se empezó a levantar lo que en su
día llegaría a ser una de las ciudades más importantes de los Estados Unidos. Mas la paz nunca se llevaría bien con los
primeros pobladores de la zona. En 1803, por ejemplo, los ingleses, seres productivos como nadie a la hora de buscarse aliados,
consiguen que los indios se les unan y entre ambos ejércitos emboscan a las tropas americanas cuando éstas marchaban desde
el fuerte Dearborn hasta el fuerte Wayne. Allí se mató a todo bicho viviente, ya fuese niño, madre, o anciana atolondrada.
Eso sí, con lo cabezotas que son los americanos, no debería sorprendernos si nos cuentan que, apesar de la derrota y
humillación sufrida cuatro años antes, regresaron al lugar de sus penas y batallas sangruientas, para levantar
nuevamente otro fuerte en 1816. Y de allí sí que no les iba a mover nunca más caballero
inglés ninguno, ni la madre que los parió a los hijos de la Gran Bretaña. Veinte años más tarde, el poblachito, otrora
de nada, contaba ya con cuatro mil habitantes y con tanta prosperidad que incluso los magnates de la prensa, como los
del diario Tribune, por ejemplo, se mataban entre ellos para poder edificar mansiones en el banco norte del ´Chicagou´.
Tristemente, hoy en día apenas queda rastro, al menos arquitectónico, de
la esplendorosa ciudad de Chicago del siglo XIX. Un incendio se le llevó prácticamente todo en el otoño de 1871. Lo que sigue es la descripción de los hechos... según las
lenguas más afiladas del lugar:
Los O´Leary, una familia de irlandeses, alquilan una de
sus habitaciones libres a otros colegas irlandeses, los McLaughlin. Éstos, para celebrarlo, dan una fiesta de esas tan irlandesas
de violín, cerveza negra y bailoteo. Lo cierto es que, con o sin pedo festivo, a uno de los participantes de la jarana le
da por meterse en plena fiesta en el establo a ordeñar las vacas. Claro, vosotros mismos os podéis imaginar lo que sucedió
a continuación. Uno, borracho, se pone a ordeñar a los vacunos sin haberse preguntado de antemano si la llama de la lámpara
de petróleo va o no a asustar a las criaturas ´ordeñadas´. Y así pasa lo que pasa, una de éstas, asustada como estaba
la pobre, le pega tal coz al individuo ´ordeñador´que la puta lámpara de las narices acaba por los suelos y acaba,
también, con la ciudad de Chicago, asi como suena, tío. El incidente en el huerto da paso al Gran
Incendio de Chicago que, en 1781, ya decimos, arrasaró con la ciudad entera, causando
al mismo tiempo 250 muertos y la destrucción o pérdida de la vivienda, las posesiones y negocios a más de cien
mil habitantes.
Para joder más la cosa, ese otoño soplaba un viento cabroncete que no hizo
si no empeorar el asunto. La llamarada cabrona, toda valentona ella, se aprovechó del capote cedido por las fuerza eólicas
de la madre naturaleza, y atravesó de lado a lado el río para cepillarse también la vertiente norte del mismo,
vertiente ésta adonde, por cierto, habían ido a ampararse aquellos ciudadanos inocentones que ya lo habían perdido
todo en la otra zona, la sur. En este banco norte del río había tres distritos:
La Costa Dorada, el distrito de la clase media, y, por último, Conley´s Patch, una especie de Calle de la Ballesta madrileña donde pasaban sus días de averno jugadores, prostitutas,
borrachos y gente de mala calaña, aparentemente. Como era de esperar, la policía, los bomberos y la otra gente
de a pie, tan buena ella siempre, claro, pasaron olímpicamente de ayudar a los inquilinos ´depravados´ de la
barriada de Conley durante el incendio, e incluso se omitió sus nombres en las estadísticas escatológicas que
se publicaron más tarde. Además, ¡qué coño, si seguro que estaban todos borrachos cuando les
azotó el incendio!
Para todo aquel bicho viviente nacido cabrón, el Gran Incendio
fue la lotería del siglo. Se cuenta, por ejemplo, que una viejecita adinerada le pagó a un desalmado que
tenía carruaje veinte dólares y un diamante para que la sacara a ella y a su caniche de la zona en llamas. Pues nada,
que la señora no duró ni dos calles, y que, tan pronto como como el animal de la carroza recorrió cien metros, éste mandó
de un empujón al suelo a la señora y a su perrito. El listorro sin corazón se las piró a timar al siguiente inocentón
de turno.
Vayamos terminando ya con esto del incendio. Contar finalmente que el incendio
cubrió un radio de cuatro millas y media, y que, habiendo comenzado un domingo por la noche, se exinguió a su bola
cuando ya no le quedaba nada más que quemar el martes siguiente por la mañana. El miércoles, se despachó a la zona al
General H. Sheridan, héroe de la Guerra Civil y motivador y policía como nadie. Así le salió a él, más o menos, la
arenga de bienvenida que soltó a los 50.000 deprimidos habitantes de Chicago: ´Ciudadanos: Os traigo buenas
nuevas. Los servicios de bomberos y la policía, después de una cuenta exhaustiva, aseguran que el número de fallecidos sólo
se aproxima a la cifra ridícula de los 250. ¡Imaginaos, una ciudad, la vuestra, de 300.000 habitantes, y el incendio,
peor que el de Roma o Londres, por cierto, que sólo se cobra 250 víctimas! Ya sé que la mayoría lo habéis perdido
todo, incluyendo negocios y hogar. ¿Pero para qué quejarse? Por lo menos todavía podéis contarlo, no como otros. Así
que, dejar de quejaros y manos a la obra... Por cierto, se me olvidaba: A todo aquel que se le pille con las manos en
masa ajena se le fusilará. Venga, menos lamentarse y más trabajar.´
Habló el general y parece que había hablado
el cielo, tú. La reconstrucción de la ciudad se emprendió a un ritmo casi marciano, y en cinco años ya no quedaría huella
alguna que delatara el incendio cabrón. Veintidós años después, se celebraría en Chicago la Exposición Mundial
de 1893. Siete años antes, dos emigrantes alemanes de ideario anarquista serían fusilados. Al Capone y los
suyos serían invisiblemente coronados emperadores con la Prohibición de 1920. Y, así y asá, a la carrerrilla y olvidando,
la ciudad de Chicago renace y crece, y sigue creciendo, desviando, por ejemplo, el cauce de su río, el Michigan, si les da
por esto, porque en esta ciudad todo es posible. Os doy otro ejemplo: ¿Qué se necesita una barriada nueva? Pues se rellena
parte del río con latas vacías y desperdicios, y no miento, y se cubre la mierda sobresaliente con cemento. Y ahí mismo
levantamos un bloque de viviendas nuevas para que puedan convivir, o por lo menos tocar, la familia de Roosevelt Sykes, por citar sólo uno del millón y medio de bluseros salidos de
la Ciudad del Viento.
Sweet home Chicago... >>
38 (y 39, 40)
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| REVEREND GARY DAVIS |

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Epílogo II
PANAGRAMA
5-1-02
Estimado/a Sr/a.,
Por correo aparte, certificado,
le devolvemos el original
LOS
DIARIOS DEL BLUES
que nos remitió para su posible publicación.
Sentimos comunicarle que debido al exceso
de títulos contratados, no nos resulta posible incluirlo en nustra programación sin que ello suponga un juicio negativo de
la obra.
Confiamos en que no tenga problemas
para su publicación en cualquier otra editorial con menos agobios de títulos y, agradeciéndole que hay pensado en Panagrama,
le saludamos muy cordialmente.
Atentamente,
Paula Channel
Editorial Panagrama Sa
Pedró de la Creu 58 08034 barcelona
Tel. 93 203 76 52 Fax 93 203 77 38
172.
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Continuará...
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| Dedicado al Grandioso Ali Farka Toure (1939-2006) |

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| ¡¡¡Kadi Kadi!!! |
contáctame: dannyyanezgonzalez@hotmail.co.uk
| © Daniel Yáñez González-Irún, 2006-08 |

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| AL-ANDALUS: THE LAND OF THE VANDALS |

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| VESICA PISCIS: ORIGINS OF THE WORLD |

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| THE ROOM OF INFINITE POSSIBILITIES |

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| A Novel by Daniel Yanez G.I. 2006 |
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| THE TEMPLE OF KARNAK |

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| Egyptian Wisdom, History, Newton... |
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| RADIO WWOZ - NEW ORLEANS |

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